Una investigación finlandesa relaciona un mayor uso de pantallas con mejores resultados cognitivos en adolescentes, aunque otros trabajos obligan a introducir importantes matices.
Durante años, el tiempo que un niño pasa delante de una pantalla se ha tratado casi como una cifra que necesariamente debía reducirse. Una nueva investigación finlandesa introduce, sin embargo, un matiz importante: más tiempo de pantalla durante la infancia se asoció con un mejor procesamiento cognitivo durante la adolescencia. La explicación podría encontrarse menos en la pantalla que en aquello que hacemos con ella.
El trabajo forma parte del estudio PANIC de las universidades de Jyväskylä y Finlandia Oriental. Los investigadores siguieron durante ocho años a un grupo de niños hasta alcanzar la adolescencia y analizaron finalmente a 260 participantes, con una edad media de 15,8 años. Tras estudiar actividad física, sedentarismo y utilización de pantallas, los adolescentes que habían acumulado un mayor uso mostraban mejores resultados generales de procesamiento cognitivo.
Eso no significa que pasar horas mirando cualquier pantalla vuelva automáticamente más inteligente a un niño. Los propios responsables recalcan que el estudio es observacional y, además, no registró con suficiente detalle qué hacían los participantes con sus dispositivos. El investigador Petri Jalanko apunta precisamente hacia esa diferencia y recomienda favorecer usos que impliquen pensamiento activo, resolución de problemas, creatividad y aprendizaje.
Algo más complicado que “pantallas buenas” o “pantallas malas”
La conclusión encaja con otras investigaciones que han encontrado diferencias importantes dependiendo de la actividad digital. Un estudio publicado en Scientific Reports analizó a 9.855 niños estadounidenses de nueve y diez años y los siguió durante otros dos. Quienes dedicaban más tiempo que la media a videojuegos registraron posteriormente un incremento de aproximadamente 2,5 puntos de CI por encima del promedio, incluso controlando factores socioeconómicos y determinadas diferencias genéticas.
Pero la edad importa. Un trabajo publicado en 2026 en Developmental Psychology siguió a 306 niños desde aproximadamente los dos hasta los cuatro años y encontró que una mayor exposición temprana estaba relacionada con peores funciones ejecutivas y menor vocabulario receptivo. Al mismo tiempo, los contenidos educativos y el uso compartido con los padres se relacionaban con mejores resultados en algunas capacidades.
Otra investigación reciente con 359 preescolares llegó a una conclusión parecida. Pasar más tiempo consumiendo vídeos y contenidos de entretenimiento se asociaba con peores resultados en memoria de trabajo, autocontrol e inhibición, mientras que las actividades comunicativas y realizadas junto a un adulto estaban relacionadas con un mejor lenguaje.
La investigación comienza así a dibujar un escenario bastante menos sencillo que “pantallas buenas” contra “pantallas malas”. Incluso la Academia Estadounidense de Pediatría reconoce que resulta difícil establecer una cantidad universal de horas apropiada para niños y adolescentes y recomienda prestar atención a la calidad del uso. Una videollamada, hacer los deberes, crear algo, jugar o encadenar vídeos pasivamente son actividades muy distintas, aunque todas sumen exactamente el mismo minuto al contador.
Francisco Alberto Serrano Acosta
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